Mire, yo no le voy a mentir. Yo soy un hombre que cree en el agua, en la tierra, en el Malbec, y en el pronóstico del tiempo. En ese orden. Las tortugas mágicas no entran en esa lista.
Doña Carmen, mi vecina, tiene setenta y tres años y llegó a Mendoza desde Bolivia hace cuarenta. Es una mujer seria, trabajadora, que entiende la tierra mejor que nadie por acá. No es de las que anda con cuentos. Por eso, cuando me llegó al fundo con la figura de Kaelis envuelta en un trapo de cocina y me dijo "ponela cerca del agua, Tomás, para que la tierra te vuelva a reconocer", yo la recibí con respeto aunque internamente pensé que el calor le había hecho algo.
Llevábamos dos cosechas perdidas por la sequía. La primera la absorbimos. La segunda casi nos quiebra. Pedimos crédito, recortamos personal, vendimos el lote chico del fondo. Mi hijo Matías, que tiene dieciséis años, ese año apenas habló conmigo. Cada vez que yo llegaba a la casa cargando la cara del desastre, él se iba a su pieza. No lo culpo. Era difícil estar en el mismo espacio que yo.
Puse la tortuga junto a la bomba de irrigación. "La mascota", le decía cuando me preguntaban. Como broma.
Una semana después me di cuenta de que Matías había leído la hoja con la leyenda que venía dentro del paquete de Doña Carmen. La encontré en su mesa, con algunas partes subrayadas con lápiz. La parte que tenía más marcas era esta: "Donde pises, la tierra será fértil; donde hables, nacerán alianzas."
Esa semana, sin que yo lo pidiera, Matías empezó a levantarse al amanecer para ayudar con el riego. El chico que en los últimos dos años apenas me miraba a los ojos estaba ahí a las seis de la mañana con las botas puestas. No dije nada. Él tampoco dijo nada. Trabajamos en silencio durante días, que entre hombres de campo es una forma de hablar igual.
La cosecha de ese año fue igualmente mala. El vino puede perderse. Lo que recuperé con Matías, eso no tiene precio.
Una mañana, mientras revisábamos la cepa más vieja del fundo —que sobrevivió a todo, esa cepa, que tiene cuarenta años y todavía da— Matías me preguntó sin mirarme: "Pa, ¿crees en eso de la tortuga?" Pensé antes de responder. Le dije: "No sé. Pero creo en lo que me hizo hacer."
Kaelis muestra verde para los sanadores. Doña Carmen sabe cosas que yo no sé. Quizás siempre lo supe, pero me costó dos cosechas perdidas y una tortuga de resina para acordarme de escucharla.
Kaelis sigue junto a la bomba de irrigación. Cada tanto hay algún trabajador que la mira raro. Yo no explico nada. Lo que sí hago, desde hace un año, es escuchar más a Doña Carmen sobre cómo ella leía el cielo en Bolivia. Dice que este año va a llover distinto. Le voy a creer.
Y me sigo llamando escéptico. Pero no muevo la figura.