El día que me di cuenta de que no sabía lo que quería comer fue un miércoles en un restaurante italiano. El mozo me preguntó qué quería y yo, automáticamente, miré a mi lado para ver qué pedía mi exmarido. Pero ya no había nadie a mi lado. Llevábamos tres semanas separados.

Me quedé mirando el menú durante lo que deben haber sido cinco minutos completos. El mozo volvió dos veces. La tercera vez elegí algo al azar, con el dedo, sin leer bien. Llegó a la mesa y era un plato que no me gustaba. Me lo comí igual.

Eso fue todo. No fue una pelea épica, no fue una traición, no fue un drama de película lo que describía mi matrimonio. Fueron siete años de decidir según otro. ¿Dónde vivimos? Donde a él le quedara bien. ¿Qué comemos? Lo que a él le gustara. ¿Qué vemos? Lo que él eligiera. No me obligó a nada. Yo simplemente fui cediendo, una micro-decisión a la vez, hasta que un día me di cuenta de que no sabía cuál era mi canción favorita, cuál era mi color preferido, ni si me gustaba el cilantro o no.

Mi amiga Valentina me regaló el amuleto de Kaelis con una instrucción muy específica: "Léete la parte de los colores del caparazón." Fui directamente a esa parte.

"El caparazón de Kaelis cambia según el corazón de quien la mira. Rojo para los apasionados. Azul para los sabios. Dorado para los generosos."

Me quedé un buen rato con eso. Yo siempre había sido generosa. Era algo de lo que estaba orgullosa. Pero nunca me lo había dado a mí misma. Había sido generosa con todo el mundo excepto conmigo. Y eso, entendí esa tarde, no es generosidad. Es deuda disfrazada de virtud.

Kaelis muestra dorado para los generosos. Pero la generosidad verdadera empieza por dentro. No puedes dar desde el vacío por mucho tiempo antes de que el vacío empiece a dar por ti.

Empecé con cosas ridículamente pequeñas. En el restaurante, pedí lo que quería. En el supermercado, compré el yogurt que a mí me gustaba y no el que quedaba en la casa porque a él le gustaba. Una tarde me inscribí en un taller de cerámica, que siempre había querido hacer y siempre había postergado porque los sábados eran para él.

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El primer cuenco que hice en cerámica era horrible. Torcido, con el borde desparejo, demasiado grueso de un lado. Lo miré y lloré. No porque fuera feo, sino porque era completamente mío. Nadie me lo había pedido. Nadie lo había pedido. Existía solamente porque yo había querido que existiera.

No te voy a decir que me encontré a mí misma con un amuleto. Eso sería mentira. Lo que pasó fue más lento, más feo, más real. Hubo noches muy difíciles. Semanas donde la soledad no era filosófica sino simplemente soledad. Llamé a mi mamá más de lo que me gustaba admitir.

Pero hoy, nueve meses después, sé lo que quiero comer. Sé cuál es mi canción favorita. Sé que no me gusta el cilantro —definitivamente no me gusta el cilantro. Y sé que el cuenco torcido que hice en cerámica está en mi departamento y es lo más bonito que tengo, no porque sea bonito, sino porque es prueba de que soy capaz de hacer algo solo para mí.

Kaelis está al lado del cuenco. Me parece apropiado.

Carolina E.
Santiago, Chile · Septiembre de 2025

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