Cuarenta años enseñándole al corazón a latir. Cuatro décadas de cirugías, guardias, diagnósticos, pronósticos. Fui bueno en eso. Muy bueno. Lo que no fui bueno fue en otra cosa igualmente importante: en notar que mientras yo salvaba corazones ajenos, el mío se había ido quedando solo.

Me retiré a los sesenta y cinco. Fue una fiesta bonita en el hospital, discursos, una placa, fotografías. Me fui a casa esa noche y me di cuenta de que no tenía con quién cenar. Mi matrimonio había terminado doce años antes, sin escándalo, simplemente por ausencia sostenida. Mis dos hijos tenían sus vidas en Monterrey y en Guadalajara. Tenía colegas, no amigos. Tenía respeto, no intimidad. Tenía una vida llena de logros y completamente vacía de presencia.

El diagnóstico llegó seis meses después de jubilarme: cáncer de próstata, estadio dos. Tratable. No terminal. Pero suficiente para que el suelo se moviera bajo mis pies.

Mi nieta Isabela, que tiene once años y que vive con su madre —mi hija mayor— en Guadalajara, me mandó el amuleto de Kaelis por correo. Dentro había un papel escrito con la letra grande de una niña de once años: "Abuelito, esta tortuga tiene magia. Se llama Kaelis. Te la mando para que te sanes y para que vengas a visitarnos más seguido."

Soy médico. Soy hombre de ciencia, de evidencia, de mecanismo. Las tortugas mágicas no existen en mi epistemología. Y sin embargo me quedé con esa figura en las manos mucho tiempo.

No fue la magia. Fue la niña. Fue el hecho de que Isabela había usado su mesada para comprarme algo, porque quería que yo estuviera bien. Eso, un médico de sesenta y siete años con cuatro décadas de coraza, no sabe cómo recibirlo.

Empecé a llevar la figura a las sesiones de quimioterapia. No porque creyera en su poder. Sino porque tenerla en la mano me hacía pensar en Isabela, y pensar en Isabela me hacía sentir que había algo después del hospital.

En una de esas sesiones, mientras la enfermera ajustaba el suero, me puse a leer la leyenda con atención por primera vez. Y me detuve en la historia de Zareb: "los maestros aparecían en su camino, los compradores llegaban solos." Pensé: yo pasé cuarenta años siendo el maestro. ¿Cuándo fui el que aprendió?

Kaelis muestra naranja para los creadores. Yo había creado condiciones para que otros vivieran, pero mi propia obra seguía en borrador. Nunca me había preguntado qué quería construir para mí.

Empecé a escribir cartas. No emails: cartas, en papel, con un bolígrafo Montblanc que me habían regalado en una conferencia hace veinte años y que nunca había usado. Le escribí a pacientes que recordaba, que habían marcado algo en mí. No como médico. Como persona. Algunos habían muerto. A esos también escribí, aunque sin destino. Una especie de cierre.

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Tres de mis cartas encontraron respuesta. Una de ellas fue de un hombre al que había operado hace dieciséis años y que recordaba perfectamente: artesano de Oaxaca, cincuenta y dos años en aquel entonces, padre de cuatro. Le escribí para decirle que su caso había sido técnicamente difícil y que haberlo resuelto bien fue uno de los momentos de los que me sentía más orgulloso. Me respondió dos meses después. Me contaba que había sobrevivido para ver casarse a sus cuatro hijos y conocer a siete nietos. Me preguntaba si podía visitarme algún día para darme las gracias en persona.

Ese hombre es hoy una de las personas más cercanas a mí. Viene a Ciudad de México cada cuatro meses. Traemos mezcal. Hablamos de sus nietos y de mis memorias de cirugía y de todo lo que hay entre medias. Esto es lo que yo no tenía antes: alguien que llega sin agenda.

El cáncer está en remisión. Los médicos dicen que el pronóstico es bueno. No le atribuyo eso a Kaelis. Le atribuyo eso a la medicina, a mis colegas que son extraordinarios, y a que el cuerpo tiene una voluntad de continuar cuando le das razones para ello.

Visité a Isabela en Guadalajara en julio. Le traje un helado de mango y le pregunté dónde había encontrado a Kaelis. Me dijo que en internet, que había buscado "amuleto para que mi abuelo se cure". Le pregunté por qué había elegido esa y no otra. Me dijo: "Porque tiene todos los colores y tú eres complicado, abuelito."

Tiene razón. Soy complicado. Y por primera vez en décadas, eso no me parece un defecto.

Roberto A.
Ciudad de México · Octubre de 2025

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