Son las 3:17 de la madrugada. Lo sé porque son las 3:17 de la madrugada siempre que el mundo se pone insoportable. Hay algo en ese número que parece diseñado para la desesperación.

Llevo dos años sin pintar. Digo "sin pintar" pero debería decir "sin poder pintar". Hay diferencia. No es que haya decidido parar. Es que cada vez que me acercaba al caballete sentía algo parecido al terror, como si el lienzo en blanco fuera un examen que ya sé que voy a reprobar antes de empezar.

Mi mesa de trabajo —que debería ser mi mesa de pintar— se había convertido en un archivo de cosas que no tenía donde poner. Facturas, libros que no leía, una planta muerta, las herramientas de la instalación que hice en mi última exposición hace veintiséis meses. El caballete seguía ahí, detrás de todo, como una acusación callada.

Esa noche de las 3:17 no podía dormir y me puse a navegar sin dirección. Así llegué a la página de Kaelis. No recuerdo cómo. Probablemente un algoritmo decidió que yo necesitaba eso y tenía razón, que es lo más perturbador.

Leí la historia entera. Luego la volví a leer. No por misticismo —yo no soy de esas personas— sino porque había algo en la estructura de la narrativa que me enganchó. La idea de que Kaelis solo muestra sus colores según el corazón de quien la mira. Que no hay un mensaje universal sino uno personalizado. Eso, como artista, me interesó formalmente.

Compré el amuleto. Tarjeta casi al límite. Lo hice de todas formas, que también es una señal de algo.

✦ ✦ ✦

Llegó el paquete una semana después. Lo abrí, puse la figura sobre la mesa y me di cuenta de que no había dónde ponerla. La mesa estaba llena. Y pensé, de manera casi mecánica: tengo que despejar esto.

Empecé a mover cosas. La planta muerta a la basura. Las facturas a una caja. Los libros a la estantería. Las herramientas de la instalación debajo de la cama. Y entonces apareció debajo de todo, aplastada, enrollada, casi olvidada: una tela de 100x80 que yo había preparado con gesso hace tres años y nunca había tocado.

La desenrollé. Estaba en perfecto estado. Y sin haber decidido nada, sin haberme dado permiso mental para hacerlo, cogí un pincel.

No fui yo quien decidió pintar. Fue la necesidad de hacerle espacio a una tortuga de resina de veintisiete euros.

Pinté cuatro horas seguidas. No fue bueno, lo que hice esa primera noche. Era torpe y nervioso, como los primeros intentos de un instrumento musical después de años sin tocarlo. Pero era algo. Era mío y era algo.

Kaelis muestra violeta para los visionarios. Pero la visión sin acción es solo angustia. Esa noche entendí que yo no tenía bloqueo creativo. Tenía miedo al espacio en blanco. Son cosas distintas.

Lo que pinté esa noche, eventualmente, fue una tortuga atravesando arena bajo un cielo de colores imposibles. Tardé seis semanas en terminarlo. Cuando lo terminé lo odié durante dos días y luego lo amé durante el resto.

Una galerista de Gracia a quien conozco por redes vino a mi estudio en mayo, vio el cuadro y me preguntó si podía llevárselo para una muestra colectiva. Se vendió el segundo día de la exposición. Mil ochocientos euros. No es fortuna, pero es la primera venta en tres años.

Kaelis está en mi mesa. Ya no hay nada más en mi mesa. La tengo sola, con espacio alrededor. Como creo que hay que tener las cosas que importan.

Nadia O.
Barcelona, España · Junio de 2025

✦ Tu turno

¿Te viste en esta historia?

Cada relato ataca una sombra distinta. Si algo resonó en ti, el Oráculo puede revelarte cuál es el color de tu intención en este momento de tu vida.