Me gustaría contarte que me arrepentí desde el principio. Que la noche que firmé los documentos falsificados ya sentía la náusea de lo que estaba haciendo. Sería una historia más limpia. Pero no fue así.
Durante casi dos años creí que lo estaba manejando. Soy —era— CFO de una constructora mediana en Bogotá. Buen cargo, buen sueldo, buena reputación. Y una deuda que se había salido de control por una serie de decisiones que tomé pensando que eran temporales. Desvié fondos de la empresa para cubrirla. Pensé que los repondría antes de que nadie notara. Eso pensé.
Treinta y dos meses después, me notaron. El proceso legal fue rápido —demasiado rápido para que yo pudiera procesar lo que significaba— y cumplí catorce meses en una cárcel de mínima seguridad en las afueras de Bogotá. Cuando salí, no tenía empresa, no tenía matrimonio, no tenía hijos que atendieran mis llamadas. Vivía en una pieza arrendada de dieciséis metros cuadrados en Chapinero.
El paquete llegó un martes. Remitente: mi exesposa, Patricia. Adentro había una figura de tortuga iridiscente, un cuaderno con líneas doradas, y una nota escrita a mano. Yo conocía la letra de Patricia mejor que la mía propia. Decía:
"No te lo mando para que me perdones. Te lo mando para que te perdones tú. Lee la historia. Léela de verdad."
Lancé el paquete al otro lado de la pieza. Me quedé sentado en la cama mirándolo durante no sé cuánto tiempo. Luego lo recogí, porque los dieciséis metros cuadrados no dan para ignorar nada demasiado tiempo.
Esa noche leí la historia de Kaelis. La de Zareb, el mercader justo. La de la princesa Lira, que capturó a la tortuga por codicia y vio su reino consumirse en sequía y lava. Y yo, que siempre fui buen lector, que siempre entendí las alegorías rápido, me detuve en esa parte durante un momento largo e incómodo.
Porque yo había sido la princesa Lira. No Zareb. Lira.
Kaelis muestra rojo para los apasionados. Pero la pasión sin dirección es solo velocidad sin brakes. Yo era apasionado. Y eso me había destruido tanto como me había construido.
Tardé tres semanas más en hacer algo con esa revelación. No fue dramático. No hubo epifanía de película. Un miércoles por la tarde abrí el cuaderno y escribí dos cosas: los nombres de las personas a las que le había hecho daño, y lo que específicamente les había quitado. No en términos legales. En términos humanos.
La lista tenía diecisiete nombres. Dos de ellos eran mis hijos mayores.
No voy a decirte que mi historia tiene un final de película. Mis hijos todavía no me hablan regularmente. El menor, Sebastián, acepta mis mensajes desde hace cuatro meses. Los otros dos, todavía no. Y está bien. Me lo gané.
Lo que sí puedo decirte es esto: hoy facilitó talleres de educación financiera para personas en reinserción. Gano poco. Vivo en la misma pieza. Pero hay algo que cambió fundamentalmente en cómo me relaciono con el mundo. Dejé de calcular lo que me convenía antes de actuar. Suena simple. No lo es.
La figura de Kaelis está en mi mesa. A veces la miro y pienso en Lira, que se convirtió en arena por querer poseer lo que no se puede poseer. A veces me pregunto qué hubiera pasado si yo hubiera leído esa historia veinte años antes. Luego me digo que probablemente no la hubiera entendido. Algunas cosas solo se aprenden de la peor manera posible.
Patricia hizo bien en mandármela. Eso también me lo guardo.