No fui yo quien eligió a Kaelis. Fue mi hija. Y eso, creo, es la parte más importante de esta historia, aunque tardé casi un año en entenderlo.
El martes 14 de marzo del año pasado era mi tercer mes sin trabajo. Me habían dejado ir en enero, "reestructuración", dijeron, como si esa palabra hiciera más digno el proceso de que te saquen a ti y no al jefe que lleva cinco años sin actualizar el Excel. Había mandado noventa y cuatro currículums. Sé el número exacto porque los guardé en una carpeta en mi escritorio que se llamaba postulaciones_v3.xlsx. Eso te dice algo sobre mí.
Ese martes fui a la feria del parque Kennedy con Emilia, mi hija de nueve años, con exactamente cuarenta y dos soles en la billetera para comprar los vegetales de la semana. Emilia tenía sus propios cinco soles que le había dado su abuela por limpiar su cuarto. Cinco soles es poco, pero para Emilia eran suyos, completamente suyos, y caminaba con ellos como si fueran lingotes de oro.
Yo estaba mirando los tomates —estaban caros, tres soles cincuenta el kilo, había que calcular— cuando escuché a Emilia llamarme desde un puesto al fondo. "Mamá, mamá, ven, mira." Fui sin apurarme, porque así se sobrevive a una feria con un niño: sin correr hacia cada cosa brillante.
Era un puesto de una señora mayor que vendía figuritas de cerámica, pulseras, y algunas cosas de resina. Emilia tenía en la mano una tortuga pequeña, de caparazón iridiscente, que cambiaba del verde al azul al dorado dependiendo del ángulo. "Esta se llama Kaelis", dijo Emilia, como si lo supiera de toda la vida. "¿Cómo sabes eso?" le pregunté. Señaló una hojita plastificada que la señora tenía pegada en la mesa: era un resumen de la leyenda.
"Mamá, dice que la abundancia que da Kaelis es proporcional a la pureza de las intenciones. Mis intenciones son puras porque yo la quiero para ti, no para mí."
Me quedé sin palabras. Emilia me extendió la tortuga y los cinco soles, y le dijo a la señora: "¿Me la puede dar por esto?" La señora la miró un momento, luego me miró a mí, y dijo: "Sí, hijita, llévala."
Caminamos de vuelta a casa y yo cargué a Kaelis en la bolsa junto a los tomates. Esa noche la puse en la repisa de la cocina, sin mucha ceremonia. Era bonita, eso sí.
Las primeras dos semanas no pasó nada. Claro que no pasó nada. Yo no creía en esas cosas. Soy contadora, trabajo con números, y los números no mienten ni hacen magia. Seguí mandando currículums. Seguí calculando cuántos meses más podíamos aguantar antes de tener que hablar con el banco sobre el departamento.
Lo que sí pasé fue que empecé a notar algo extraño en mí misma. Cada vez que caminaba por la cocina y veía la tortuga, pensaba en Emilia. En que mi hija de nueve años había gastado todos sus ahorros de la semana —todos— en algo para mí. No para ella. Para mí. Y yo, que llevaba tres meses rumiando mi fracaso, ni siquiera me había preguntado qué necesitaba ella en todo ese tiempo.
Una noche que Emilia ya dormía, me senté en la cocina con una taza de manzanilla y tuve que reconocer algo incómodo: me había vuelto una carga para mí misma. Cada decisión que tomaba partía del miedo. Eso no era intención pura. Eso era supervivencia disfrazada de control.
Kaelis muestra azul para los sabios. Esa noche entendí que la sabiduría no es saber las respuestas. Es saber qué preguntas te estás evitando hacer.
Al día siguiente llamé a una excolega que tenía una pequeña firma de auditoría independiente. Nunca la había llamado para pedirle trabajo porque me parecía "quedar mal". Esa mañana me pareció más tonto no llamar. Me respondió al segundo timbre. Necesitaba a alguien para un proyecto de tres meses, comenzando el lunes siguiente.
¿Fue Kaelis? Honestamente, no lo sé. Lo que sé es esto: tuve que mudarme a un departamento más pequeño igualmente. El dinero del proyecto no alcanzó para todo. Todavía busco algo estable. Pero algo cambió en cómo me muevo por el mundo. Y eso empezó la tarde en que mi hija de nueve años me enseñó, sin querer, que el acto más generoso que yo podía hacer era dejar de tenerme miedo a mí misma.
Kaelis sigue en la repisa. Ahora Emilia le habla cuando llega del colegio. Yo no le digo nada. La dejo hacer.