Testimonio de guardiánAdicciones y Hábitos Autodestructivos

"Dejé la misma relación cuatro veces. La quinta vez entendí que no estaba dejando a nadie — estaba volviendo a mí."

Me llamo Tomás. Tengo 35 años.

Léelo despacio. Kaelis no está aquí para resumirte lo que duele, sino para mirarlo contigo con un poco más de precisión.

Me llamo Tomás. Tengo 35 años. Vivo en Córdoba, Argentina. Soy profesor de educación física en dos colegios secundarios — turno mañana en uno, turno tarde en otro. Gano lo justo, manejo un Gol Trend del 2014 que suena como si le doliera existir, y vivo en un monoambiente en Nueva Córdoba que tiene la virtud de estar cerca de todo y el defecto de ser tan chico que cuando cocino el olor se queda tres días.

Soy el tipo que siempre tuvo un problema con las relaciones. No con encontrarlas — con mantenerlas. O más precisamente: con mantenerlas sanas. Las sanas me aburren. Las tóxicas me encienden. Y lo sé. Lo sé hace años. Saber no sirve de nada si el cuerpo va para otro lado.


La historia con Julieta fue así: nos conocimos en una fiesta, tuvimos una conexión eléctrica, en dos semanas era lo más intenso que me había pasado en la vida, y en dos meses era un desastre. Peleas por cosas absurdas, reconciliaciones que parecían escenas de película, semanas sin hablarnos seguidas de noches donde hablábamos hasta las 5 AM como si nos fuéramos a morir mañana.

La dejé la primera vez después de tres meses. "Esto no me hace bien", le dije. Y era verdad.

Volví a las tres semanas. Porque a las tres semanas el recuerdo de lo malo se desteñía y lo que quedaba era la intensidad. Y la intensidad — eso lo entendí mucho después — era lo que me tenía atrapado. No Julieta. La intensidad.

La dejé la segunda vez después de una pelea donde me dijo cosas que no le dirías a alguien que te importa. Volví un mes después. La tercera vez me fui yo después de hacer algo que no me enorgullece. Volví. La cuarta vez ella me dejó, y yo moví cielo y tierra para que me aceptara de vuelta.

Cuatro veces. El mismo ciclo. Idéntico. Con los mismos capítulos en el mismo orden: intensidad → conflicto → ruptura → abstinencia → idealización → vuelta. Como un guión que mi cuerpo conocía de memoria y que mi mente no podía frenar.


La persona que me hizo ver el patrón no fue un terapeuta. Fue mi hermana menor, que tiene 28 años y una capacidad brutal de decir verdades sin anestesia.

Estábamos tomando mate en la casa de mi vieja y le estaba contando que "esta vez con Juli era diferente" — creo que era la cuarta vuelta — y mi hermana me miró por encima de la taza y dijo: "Tomás, es la cuarta vez que me dices exactamente lo mismo con exactamente las mismas palabras. ¿En algún momento vas a escucharte?"

Me enojé. Obviamente. Porque cuando alguien te muestra el patrón desde afuera y tú todavía estás adentro, la primera reacción es defensa. "Esta vez es diferente." "Tú no entiendes." "Cambió." Las frases del darash, como dirían en el desierto.

Pero esa noche, acostado en el monoambiente mirando el techo que ya conocía de memoria, la frase de mi hermana volvió: "¿En algún momento vas a escucharte?" Y me di cuenta de que nunca me había escuchado. Escuchaba a Julieta, escuchaba la intensidad, escuchaba la adrenalina del drama. Pero a mí — al que estaba abajo de todo eso, al que sufría y volvía y sufría — no lo escuchaba nunca.


Encontré Kaelis buscando "por qué siempre elijo lo que me hace mal". No buscaba espiritualidad. Buscaba una explicación. Algo que me dijera por qué un tipo inteligente, que sabe que el fuego quema, mete la mano en el fuego cada tres meses.

Encontré una frase: "No rompés el ciclo con fuerza de voluntad. Lo rompés cuando cambias lo que miras."

Y algo hizo clic. Porque yo siempre había intentado romper el ciclo con fuerza. Con decisión. "No voy a volver." "Esta vez me mantengo firme." Y cada vez, la fuerza aguantaba un mes, dos, y después la necesidad era más fuerte que la decisión.

Pero nunca había intentado mirar. No decidir — mirar. ¿Qué me daba el ciclo? ¿Qué buscaba en la intensidad?

Hice el quiz. Me salió Rojo. "Fuego con dirección. Sombra: velocidad sin destino; reactividad." Acto mínimo: "Escribe 1 objetivo y 3 pasos ridículamente pequeños. Ejecuta el primero ahora."

Pero antes del acto mínimo, me detuve en la sombra: velocidad sin destino. Reactividad. Yo no vivía — reaccionaba. Cada emoción fuerte era un disparador, y mi reacción era siempre la misma: buscar más intensidad. Como si la calma fuera una amenaza. Como si la tranquilidad fuera aburrimiento y el aburrimiento fuera muerte.


El paso ridículamente pequeño que escribe fue: la próxima vez que sienta el impulso de escribirle a Juli (o a cualquier versión de Juli), voy a esperar 24 horas. No "no le escribo nunca más". Solo 24 horas. Un día.

El primer impulso vino tres días después. Un domingo a la noche. El monoambiente silencioso. El celular ahí. Su nombre en los contactos. La necesidad física — porque es física, es un tirón en el pecho, una urgencia que se parece al hambre — de conectar.

Y en vez de actuar, miré. ¿Qué siento ahora mismo? Soledad. ¿Qué quiero? No a Juli. Quiero no sentir esto. Quiero que algo llene este silencio. Quiero intensidad porque la intensidad tapa la soledad.

Anoté eso en el cuaderno. Y esperé 24 horas. A la mañana siguiente, el impulso ya era un 30% de lo que fue la noche anterior. No desapareció. Se achicó. Lo suficiente como para no actuar.


Han pasado ocho meses. No volví con Juli. No porque sea un héroe de la voluntad. Porque cada vez que venía el impulso, en vez de actuar miraba. Y lo que veía siempre era lo mismo: no la extrañaba a ella. Extrañaba la intensidad. Y la intensidad era mi forma de no sentir la soledad, el vacío, la pregunta de quién soy yo cuando no estoy en el centro de un drama.

Esa pregunta fue la más difícil. Porque la respuesta inicial fue: no sé. Sin el drama, sin la intensidad, sin el ciclo que me mantenía ocupado, lo que quedaba era un tipo de 35 años en un monoambiente chico con un auto que suena a dolor y dos trabajos que no lo apasionan. Y esa versión, sin la película romántica encima, era difícil de mirar.

Pero la miré. Día a día. Sin edulcorarla. Y algo raro pasó: la versión sin drama empezó a tener sus propios colores. Más quietos. Menos espectaculares. Pero míos. Un café los domingos en silencio que no era vacío sino descanso. Una conversación con un amigo que no tenía la adrenalina de una reconciliación pero que dejaba algo más duradero. Una noche entera durmiendo sin el nudo de no saber si me iba a llegar un mensaje devastador a las 3 AM.

No es épico. Pero es la primera vez que mis huellas en la arena no curvan.

Si este texto nombró algo real en adicciones y hábitos autodestructivos, no necesitas otro artículo.

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