Testimonio de guardiánInsomnio Existencial y Pensamientos Nocturnos

"Llevaba dos años sin dormir una noche entera. Lo que me salvó no fue una pastilla — fue un cuaderno."

Me llamo Santiago. Tengo 42 años.

Léelo despacio. Kaelis no está aquí para resumirte lo que duele, sino para mirarlo contigo con un poco más de precisión.

Me llamo Santiago. Tengo 33 años. Vivo en Bogotá, Colombia. Soy contador en una firma de auditoría — el tipo de trabajo donde los errores se miden en decimales y los plazos en horas. Me gusta mi trabajo. Lo que no me gusta es lo que mi trabajo le hizo a mis noches.

Durante dos años, desde que me ascendieron a senior, no dormí una noche completa. No una semana, no un mes — dos años. Setecientas y pico noches donde mi cerebro me despertaba a las 2, a las 3, a las 4 de la mañana con la urgencia de alguien que acaba de recordar que dejó la estufa encendida.

Pero la estufa no estaba encendida. Lo que estaba encendido era mi mente, repasando cifras, plazos, errores posibles, escenarios donde yo cometía un error que destruía todo — mi carrera, la firma, la confianza de los clientes. A las 3 AM cada decimal era una bomba y yo era el único que podía desactivarla.


Fui al médico. Me dieron melatonina primero, después algo más fuerte. Las pastillas me dormían pero no me descansaban — era como apagar el monitor sin apagar la computadora. El cerebro seguía procesando, solo que ahora lo hacía en una especie de bruma donde yo no podía intervenir pero tampoco podía descansar. Me despertaba a las 7 sintiéndome como si hubiera corrido un maratón con la mente mientras mi cuerpo estaba en coma.

La psicóloga que vi me dijo algo que en su momento me pareció inútil y que después resultó ser la clave: "Santiago, tu mente no te despierta para torturarte. Te despierta porque tiene algo que decirte y tú llevas el día entero sin escucharla."

Le dije que la escuchaba todo el día — vivía adentro de mi cabeza. ¿Cómo no la iba a escuchar?

Me respondió: "Escuchar no es lo mismo que procesar. Tú oyes el ruido. Pero no te detienes a entender qué dice."


Esa misma semana encontré Kaelis. No recuerdo la búsqueda exacta — probablemente algo como "por qué pienso tanto de noche" o "no puedo apagar mi mente". Lo que sí recuerdo es la frase que me detuvo:

"A las 3 AM el desierto está más cerca. El silencio no es vacío — es la arena escuchándote."

Me gustó porque no decía "calla tu mente". Decía "escucha". Y eso coincidía con lo que mi psicóloga me había dicho: el problema no era el ruido. Era que nadie estaba escuchando lo que el ruido decía.

Hice el quiz. Me salió Azul. "Sabiduría valiente. Sombra: información como refugio; evitar decidir." Acto mínimo: "Di en voz alta la respuesta que ya sabes."

Azul. El color de los que saben demasiado y deciden muy poco. El color de los que usan el análisis como trinchera para no tener que actuar. Eso era yo: un experto en pensar sobre problemas y un amateur en resolverlos. Mi mente no paraba de noche porque de día no hacía nada con lo que pensaba. Solo pensaba más.


La práctica que cambió todo fue ridículamente simple. Me compré un cuaderno barato — de esos de espiral que venden en la papelería de la esquina — y lo puse en la mesa de noche. Y establecí una regla: cada vez que me despertara a las 3 AM con la mente encendida, en vez de quedarme acostado mirando el techo, encendía la lámpara y escribía.

No un diario bonito. No reflexiones profundas. Un volcado: todo lo que mi mente estaba diciendo, tal cual, con la urgencia y el catastrofismo que tuviera a esa hora. "La declaración de impuestos de García tiene un error en la línea 47." "Si la auditoría sale mal me van a despedir." "¿Y si no soy lo suficientemente bueno para este puesto?" "Tengo que llamar a mi mamá, llevo tres semanas sin llamarla."

Todo. Sin filtro. Sin orden. Tal como venía.

Y después de escribir — cinco minutos, diez como máximo — cerraba el cuaderno y le decía a mi mente (en voz alta, solo en mi cuarto a las 3 AM, sintiéndome bastante ridículo): "Ya está registrado. Mañana lo miro. Ahora descansa."

Las primeras noches no funcionó. Mi mente siguió girando después de escribir. Pero a la tercera semana algo empezó a cambiar: el tiempo entre despertarme y volverme a dormir se redujo. De una hora a cuarenta minutos. De cuarenta a veinte. De veinte a diez.

Y algo más cambió: cuando leía el cuaderno a la mañana siguiente, con café, con luz del día, con el cerebro funcionando a plena capacidad, la mayoría de las "urgencias" de las 3 AM eran manejables. La declaración de García sí tenía un error, pero menor. La auditoría no iba a costarme el trabajo. Y la llamada a mi mamá — bueno, esa sí era urgente. Llevaba tres semanas.


Han pasado ocho meses. Duermo la mayoría de las noches. No todas — todavía hay noches donde el cuaderno sale a las 3 AM. Pero ya no es la regla. Es la excepción.

Lo que cambió no fue mi mente. Fue mi relación con ella. Antes, mi mente era un empleado que entraba a mi oficina gritando y yo intentaba cerrlarle la puerta en la cara. Ahora es un empleado que entra, le doy cinco minutos, tomo nota, y le digo "mañana lo resolvemos". Se va. No siempre contento. Pero se va.

El cuaderno tiene ya seis meses de entradas. Si lo leyera alguien, pensaría que soy un desastre. Está lleno de catástrofes, miedos irracionales, preocupaciones absurdas, y preguntas existenciales escritas con la letra de alguien que no puede dormir. Pero entre todo ese ruido hay algo que vale oro: las dos o tres cosas por semana que realmente necesitaban atención y que, sin el cuaderno, se habrían quedado girando en mi cabeza sin resolverse nunca.

Mi psicóloga dice que lo que hice tiene un nombre técnico: "externalización cognitiva". Sacar los pensamientos de la cabeza y ponerlos afuera para poder mirarlos con distancia. Yo prefiero el nombre que le dio Kaelis: escuchar la arena. Es lo mismo, pero suena como algo que un nómada del desierto haría a las 3 AM. Y a las 3 AM, ser un nómada del desierto suena mucho mejor que ser un contador de Bogotá que no puede dormir.

Si este texto nombró algo real en insomnio existencial y pensamientos nocturnos, no necesitas otro artículo.

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