"Tengo 37 años, un buen trabajo, y no sé para qué me levanto."
Me llamo Martín. Desde afuera mi vida se ve perfecta. Desde adentro es un domingo eterno a las 4 de la tarde.
Léelo despacio. Kaelis no está aquí para resumirte lo que duele, sino para mirarlo contigo con un poco más de precisión.
Me llamo Martín. Tengo 37 años. Vivo en Guadalajara, México. Soy ingeniero industrial en una empresa de manufactura automotriz. Gano bien. Tengo departamento propio, un auto que funciona, una novia que me quiere, un grupo de amigos con los que juego pádel los jueves. Desde afuera, mi vida es un éxito moderado y constante.
Desde adentro, mi vida es un Excel con todas las celdas llenas pero sin ninguna fórmula.
Llegué a Kaelis buscando "me siento vacío por dentro" en una pestaña de incógnito del navegador de la oficina, a las 2 de la tarde de un jueves, mientras esperaba que terminara de cargar un reporte de producción trimestral. No estaba triste. No estaba enojado. No estaba en crisis como la imagina la gente — no lloraba en el baño, no pensaba en renunciar. Simplemente no sentía nada. Y llevaba sintiéndolo — el no sentir — lo suficiente como para googlear si era normal.
La cosa empezó hace como dos años. O tal vez siempre estuvo ahí y solo me di cuenta hace dos años. Es difícil saber cuándo empieza algo que se instala tan despacio.
Lo primero que noté fue que los domingos me daban algo parecido a la angustia. No la angustia del domingo por la noche porque empieza la semana. Algo anterior. Como si el domingo entero fuera un espejo de lo que era mi vida sin la estructura del trabajo: vacío con WiFi. Me levantaba, desayunaba, miraba el teléfono, iba al gimnasio, comía, veía algo en streaming, cenaba, dormía. Y al final del día no podía nombrar un solo momento en el que hubiera estado realmente presente.
Después empecé a notar que en las reuniones de la oficina, cuando alguien preguntaba "¿alguna idea?", yo decía cosas correctas, técnicamente sólidas, que no me importaban en lo más mínimo. Hablaba como si fuera un avatar de mí mismo. Las palabras salían, la gente asentía, y adentro mío no había nadie.
Mi novia me preguntaba "¿estás bien?" y yo decía que sí. Y no era mentira. No estaba mal. Estaba en nada.
No soy el tipo de persona que busca respuestas espirituales. Mi familia es católica de misa los domingos, pero yo dejé de ir a los 19 y nunca miré para atrás. No creo en signos zodiacales, no leo horóscopo, no tengo opinión sobre los chakras. Cuando vi lo de la tortuga del desierto rojo pensé: esto es exactamente el tipo de contenido que le mandaría a un amigo como chiste.
Pero leí una frase que decía algo así: "El desierto no te destruye. Te despoja de lo que nunca fue tuyo para mostrarte lo que sí."
Y cerré la pestaña. Y abrí el reporte. Y seguí con mi jueves.
Pero la frase no se fue.
Volvió esa noche. Volvió el viernes. Volvió el domingo siguiente, cuando estaba tirado en el sillón viendo el techo después de haber agotado todas las opciones de streaming y la idea de hacer "algo productivo" me daba una pereza que no era física sino existencial.
Te despoja de lo que nunca fue tuyo.
¿Y qué era mío? Pregunta incómoda. Porque cuando me la hice en serio, la lista era cortísima. La carrera la elegí porque pagaba bien y mi papá era ingeniero. El departamento lo compré porque "a los 35 ya tenés que tener algo propio". El pádel de los jueves es la actividad social por default de hombres de mi edad en mi ciudad. Incluso la relación — que es buena, genuina, real — empezó en un momento en que "ya tocaba" estar en pareja.
Nada de eso era malo. Pero nada de eso era una elección hecha desde un lugar profundo. Todo era inercia bien ejecutada.
Volví a la página de Kaelis una semana después. Esta vez hice el quiz de los colores. Me salió Azul. "Sabiduría valiente", decía. Sombra: "información como refugio; evitar decidir." Acto mínimo: "Di en voz alta la respuesta que ya sabes."
Me quedé mirando esa última línea como cinco minutos.
Porque yo ya sabía la respuesta. La sabía hacía meses. Tal vez años. No la de "cuál es el sentido de mi vida" — esa pregunta grandota no me servía. La sabía en versión chica: esto que estoy haciendo no me alcanza. No porque sea poco. Porque no es mío.
Y nunca lo había dicho en voz alta. Ni a mi novia. Ni a mis amigos. Ni a mí mismo frente al espejo. Porque decirlo en voz alta significaba que después tenía que hacer algo al respecto. Y hacer algo al respecto significaba que la estructura perfecta del Excel — el trabajo, el depa, el pádel, la vida bien armada — iba a empezar a temblar.
Pero lo dije. Solo. En el coche. Estacionado en el Costco un sábado a las 11 de la mañana. "Esto no me alcanza." En voz alta. Con la ventanilla cerrada y el motor apagado.
No pasó nada mágico. No lloré. No tuve una epifanía. Pero algo se aflojó. Como un nudo que no sabías que tenías hasta que se suelta un milímetro.
Han pasado cuatro meses. No renuncié a mi trabajo. No dejé a mi novia. No vendí el departamento para irme a una playa a "encontrarme". Los cambios fueron tan pequeños que desde afuera probablemente no se noten.
Empecé a dibujar los domingos. No porque sea artista — soy pésimo. Pero de chico dibujaba máquinas inventadas en los cuadernos del colegio y me pasaba horas haciéndolo. No recuerdo cuándo paré. Supongo que cuando "dejar de dibujar tonterías" fue parte del proceso de volverme un adulto serio.
Compré un cuaderno barato y un lápiz mecánico. Dibujo máquinas que no existen. Nadie las ve. No las publico. No "sirven para nada". Y los domingos dejaron de darme angustia.
Le dije a mi novia lo que sentía. No lo de Kaelis — lo del vacío. Fue más difícil de lo que pensé. Pero ella no se asustó. Dijo: "Ya lo sabía. Estaba esperando a que lo dijeras tú."
Y empecé a hacerme la pregunta esa que leí en alguno de los textos del desierto: ¿Qué me importa lo suficiente como para hacer algo al respecto, aunque sea incómodo?
La respuesta va cambiando. A veces es grande ("quiero explorar si puedo trabajar en algo más cercano al diseño"). A veces es ridícula ("quiero cocinar algo que nunca haya cocinado"). Pero la pregunta es la misma. Y cada vez que la respondo con algo, el no-sentir se achica un poco.
No sé si mi vida tiene un propósito. Sospecho que esa es una pregunta que no tiene respuesta fija y que la gente que dice tenerla está simplificando algo muy complejo. Lo que sé es que el vacío que sentía no era ausencia de sentido. Era ausencia de decisiones propias.
Y eso se arregla decidiendo. Una cosa por vez. Aunque sea un dibujo de una máquina que no existe, hecho con un lápiz barato, un domingo a la mañana.
Tu siguiente paso
Si este texto nombró algo real en crisis existencial y pérdida de sentido, no necesitas otro artículo.
El diagnóstico te devuelve un color para este momento. El Oráculo te devuelve una escena concreta si todavía no quieres entrar al quiz.