Testimonio de guardiánAutoestima Destruida

"Pedí un aumento por primera vez a los 39. Lo que cambió no fue el sueldo."

Me llamo Elena. Tengo 39 años.

Léelo despacio. Kaelis no está aquí para resumirte lo que duele, sino para mirarlo contigo con un poco más de precisión.

Me llamo Elena. Tengo 39 años. Vivo en San José, Costa Rica. Soy diseñadora gráfica en una agencia de publicidad donde trabajo desde hace seis años. Soy buena en lo que hago — no lo digo con falsa modestia, lo digo porque me costó años poder escribir esa frase sin agregar un "pero" atrás.

Soy buena. Punto. Sin pero.

Hace un año esa frase me habría sido imposible de escribir. Hace un año yo era la persona que en cada reunión de trabajo decía "esto es solo una idea, no sé si sirve" antes de presentar algo que había tardado tres días en preparar. La que mandaba un diseño y agregaba "si no te gusta lo cambio" antes de que nadie opinara. La que decía "no es para tanto" cada vez que alguien la felicitaba. La que llevaba seis años sin pedir un aumento porque la sola idea de decir "merezco ganar más" le generaba un nudo en el estómago del tamaño de una naranja.

No sé si tienes idea de lo que es vivir así. Es agotador de una forma que nadie ve, porque desde afuera pareces humilde, fácil de tratar, cero conflictiva. Desde afuera eres la empleada ideal. Desde adentro eres alguien que vive pidiendo perdón por existir.


Mi mamá es una mujer que quiere mucho y que expresa amor de la peor forma posible: comparando. "Tu prima ya se recibió." "La hija de Marta ganó una beca." "¿Por qué no eres más como tu hermano?" No lo hacía con crueldad — estoy segura de que en su cabeza era motivación. Pero en la mía, cada comparación era una ficha que se sumaba a una cuenta que decía: "Elena no es suficiente tal como es. Elena tiene que ser como alguien más."

A los 12 ya tenía el mecanismo instalado. Antes de hacer cualquier cosa me preguntaba: "¿Esto es suficientemente bueno?" Y la respuesta siempre era no. Porque "suficientemente bueno" no tenía un estándar fijo — era un horizonte que se movía cada vez que me acercaba.

Pasé la adolescencia siendo invisible por elección. La universidad siendo la que hacía los trabajos grupales pero nunca los presentaba. Los primeros años de trabajo siendo la que resolvía problemas de otros y nunca pedía reconocimiento por los propios. Todo para evitar el momento en que alguien me mirara y dijera lo que mi mamá decía sin decirlo: "no alcanza".


Lo que me trajo a Kaelis no fue una crisis. Fue un correo electrónico.

Un cliente mandó un mail felicitando al equipo por una campaña. Mencionó a tres personas por nombre. Yo había hecho el 70% del diseño. No estaba mencionada.

No me enojé con el cliente. Me enojé conmigo. Porque me di cuenta de que si no me mencionaban era porque yo había pasado seis años asegurándome de que nadie me viera. "No es para tanto." "Fue un trabajo de equipo." "La idea fue de Marcos, yo solo la ejecuté." Seis años de borrándome. Y cuando el resultado lógico de borrarme fue ser borrada, me dolió.

Esa noche busqué algo como "por qué no puedo valorarme" o "cómo dejar de sentirme menos que los demás" — no me acuerdo exactamente. Caí en una página con una frase que me hizo cerrar el laptop, abrirlo de nuevo, y releerla tres veces:

"Kaelis no te dice que eres suficiente. Te pregunta: ¿quién te dijo que no lo eras?"

Y la respuesta fue inmediata. No tuve que pensarla. No tuve que buscarla. Estaba ahí, tan obvia y tan vieja que me parecía una parte del paisaje: mi mamá. Las comparaciones. La vara móvil. La certeza heredada de que Elena, tal como era, no alcanzaba.


Hice el quiz. Me salió Dorado. "Generosidad sostenible. Sombra: dar desde el vacío." Acto mínimo: "Pide algo concreto que necesitas hoy."

Pedir algo. Pedir. La palabra que más miedo me daba en el idioma español. Porque pedir es declarar que necesitas algo, y necesitar algo es admitir que no te alcanzas sola, y no alcanzarte sola es confirmar que no eres suficiente. Así funciona la lógica rota: pedir = debilidad = confirmación de que no vales.

Lo que pide fue modesto y fue monumental: le escribe a mi jefe un mail que decía: "¿Podemos hablar sobre mi sueldo? Creo que mi contribución al equipo justifica una revisión."

Tardé 45 minutos en escribir esas dos frases. Las borré y las reescribí once veces. En la versión original decía "no sé si es buen momento pero..." y "entiendo si no es posible pero..." Borré todos los "peros". Borré todos los "no sé si". Dejé las dos frases limpias. Y las mandé.

Mi jefe me contestó al día siguiente: "Tienes toda la razón. Debimos haberlo hecho antes."


El aumento fue del 18%. Estuvo bien. Pero lo que cambió no fue el sueldo. Lo que cambió fue la evidencia.

Porque durante 39 años, cada vez que no pedía algo, mi mente registraba: "Ves, ni siquiera lo intentaste, no merecías nada." Y ahora, por primera vez, tenía un dato nuevo: pide algo, y el mundo no se cayó. Pide algo, y la respuesta fue sí. Pide algo, y la persona del otro lado no me miró con la impaciencia de mi mamá sino con el reconocimiento de alguien que simplemente estaba esperando que yo dijera lo que era obvio para todos menos para mí.

Desde entonces hice una lista de "peros" que tengo que borrar. Es más larga de lo que me gustaría. Cada semana elijo uno y lo elimino.

"No sé si mi opinión importa, pero..." → Lo borré. Ahora digo mi opinión. A veces tiemblo por dentro. Pero la digo.

"Esto probablemente no es lo que buscas, pero..." → Lo borré. Ahora presento mi trabajo sin disculparme por anticipado.

"No quiero molestar, pero..." → Lo borré. Si necesito algo, lo pido. Molestar es un concepto que inventó alguien que no quería que yo ocupara espacio.


Han pasado once meses. No me convertí en alguien segura de sí misma — esas personas probablemente no existen fuera de los libros de autoayuda. Me convertí en alguien que hace las cosas con miedo y las hace igual. Que tiembla y habla. Que duda y pide. Que se achica por reflejo y después se expande a propósito.

Mi mamá sigue comparando. No creo que cambie. Pero algo cambió en cómo proceso esas comparaciones: ya no las recibo como veredicto. Las recibo como información sobre ella — sobre su forma de amar, limitada e imperfecta, que tiene más que ver con su propia insuficiencia no resuelta que con la mía.

Y cuando la voz interna vuelve — porque vuelve, siempre vuelve — y dice "no eres suficiente", ahora tengo una respuesta que no tenía antes:

"¿Quién te dijo eso? ¿Tenía razón? ¿O estaba mirando desde un lugar roto?"

La respuesta siempre es la misma. Y cada vez que la digo, la voz se achica un poco. Y yo me agrando otro poco.

Si este texto nombró algo real en autoestima destruida, no necesitas otro artículo.

El diagnóstico te devuelve un color para este momento. El Oráculo te devuelve una escena concreta si todavía no quieres entrar al quiz.

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