"Tengo 200 contactos en el teléfono y nadie a quien llamar."
Me llamo Diego. Tengo 29 años. Trabajo remoto, vivo solo.
Léelo despacio. Kaelis no está aquí para resumirte lo que duele, sino para mirarlo contigo con un poco más de precisión.
Me llamo Diego. Tengo 29 años. Vivo en Medellín, Colombia. Trabajo como desarrollador frontend en una startup de fintech. Tengo un gato que se llama Byte, un departamento de un ambiente en Laureles, y una rutina que podría dibujar con los ojos cerrados: despierto, café, standup de las 9, código hasta las 6, gimnasio tres veces por semana, Netflix o YouTube hasta que me quedo dormido.
Tengo 247 contactos en el celular. Los conté una noche de insomnio. De esos 247, hay tal vez 5 a los que podría mandarles un mensaje diciendo "estoy pasándola mal" sin que fuera raro. Y de esos 5, hay quizás 1 que me contestaría algo más que "ánimo, bro".
No estoy deprimido. Al menos no en el sentido clínico. No me cuesta levantarme, no dejé de comer, no pienso en hacerme daño. Lo que tengo es algo más difuso y más persistente: la sensación de que si me mudara mañana a otra ciudad, tardarían semanas en darse cuenta. Y no porque la gente sea mala. Porque las conexiones que tengo son de baja resolución. Sirven para el día a día pero no sostienen nada que pese.
La soledad se fue instalando tan despacio que no puedo identificar cuándo empezó. Tal vez en la pandemia, cuando pasé de ver personas todos los días a comunicarme exclusivamente por Slack y Zoom. Tal vez antes, cuando cambié de trabajo y dejé de ir a la oficina. Tal vez siempre estuvo y las interacciones diarias la tapaban como ruido de fondo.
Lo que sé es que un día me di cuenta de que llevaba un fin de semana entero sin hablar con otro ser humano. Sábado y domingo completos. Las únicas voces que escuché fueron las de un podcast y las del tipo que me entregó el Rappi. Y lo más perturbador no fue la soledad en sí — fue que no me pareció raro. Era un fin de semana normal.
Eso me asustó. No el estar solo. La normalidad de estar solo.
Mi generación tiene un problema particular con esto. Tenemos más formas de "estar conectados" que cualquier generación anterior y menos amistades profundas que casi todas. Puedo hablarle a cualquier persona del mundo en tres segundos y no tengo a nadie con quien sentarme a tomar un café un martes sin que requiera una planificación logística de dos semanas.
Intenté las soluciones obvias. Me uní a un grupo de running. Fui a meetups de desarrollo. Me bajé Bumble BFF, que es exactamente tan incómodo como suena. Nada funcionó, y no porque la gente fuera hostil — todos eran amables, simpáticos, perfectamente agradables. Pero las interacciones tenían la profundidad de un charco. "¿A qué te dedicas?" "¿Hace cuánto vives acá?" "Qué bien, qué bien."
Me iba a casa sintiéndome más solo que antes, porque ahora la soledad venía con la evidencia de que incluso cuando lo intentaba, no pasaba nada.
Encontré Kaelis de una forma absurda. Estaba buscando "significado espiritual de los gatos" porque Byte llevaba tres días sentándose en el mismo rincón mirando la pared y yo, en mi soledad creativa, estaba convencido de que era algún tipo de señal cósmica. No era una señal. Era una mancha de humedad. Pero la búsqueda me llevó a una cadena de links sobre animales espirituales, y de ahí a una página sobre la tortuga como símbolo, y de ahí a Kaelis.
Lo primero que leí fue: "Kaelis no vino por las multitudes. Vino por los que caminan solos."
Y algo se rompió un poco. No de forma dramática. Más bien como cuando aprietas un punto exacto de tensión en la espalda y duele pero al mismo tiempo hay alivio. Esa frase no me estaba diciendo "no estás solo". Me estaba diciendo algo más preciso: "caminar solo no es tu falla. Es tu punto de partida."
Hice el quiz. Me salió Verde. Leí la descripción: "Sanador incluido. Sombra: salvar a otros para no mirarse." Y mi primer pensamiento fue: no, esto no soy yo, yo no salvo a nadie. Pero después pensé en las veces que en el trabajo me ofrecía para ayudar a compañeros no porque me sobrara tiempo sino porque la interacción me daba algo. Pensé en las veces que cancelaba planes propios para acompañar a alguien que lo necesitaba. Pensé en que era más fácil ser útil que ser vulnerable.
Acto mínimo: "Nombra una necesidad real propia y honrala 10 minutos."
La necesidad era patética en su simpleza: quería hablar con alguien. No por Slack. No por WhatsApp. Con la voz. Sobre algo que no fuera trabajo ni logística ni "¿viste el último capítulo de...?".
Llamé a mi hermana. Vive en Barranquilla. Nos hablamos cada dos semanas, siempre breve, siempre superficial. Esta vez le dije: "Oye, ¿tienes un rato? No pasa nada grave, solo quiero hablar."
Hablamos una hora y media.
Le conté que me sentía solo. Que el departamento a veces se sentía como una cápsula espacial. Que no sabía cómo hacer amigos de adulto y que me daba vergüenza admitirlo. Ella lloró un poco y me dijo que sentía lo mismo en Barranquilla. Que estaba rodeada de gente del trabajo y que ninguno sabía que tenía ataques de ansiedad los domingos.
Esa conversación no me curó de nada. Pero hizo algo que ningún meetup ni app de amigos había logrado: me mostró que la profundidad que buscaba no requería encontrar gente nueva. Requería dejar de esconderme con la gente que ya tenía.
Han pasado cinco meses. Sigo teniendo 247 contactos y la lista de personas con las que puedo ser honesto creció de 1 a tal vez 4. No es una revolución social. Es cuatro personas. Pero cuatro personas reales pesan más que doscientas que te preguntan "¿cómo estás?" esperando que digas "bien".
Empecé a hacer algo que me daba terror: cuando alguien me pregunta cómo estoy, a veces digo la verdad. No siempre. No con todos. Pero con los que me importan. "No ando muy bien." "Tuve una semana rara." "Estoy un poco solo, la verdad." Las primeras veces siente que estaba rompiendo un código social sagrado. Pero la respuesta siempre fue mejor de lo que esperaba. Resulta que mucha gente está esperando que alguien diga primero lo que ellos no se atreven a decir.
Byte sigue mirando la mancha de humedad. Sigo sin tener una vida social que se vea impresionante desde afuera. Pero los domingos ya no son silencio puro. Y cuando la soledad aparece — porque sigue apareciendo, no se fue del todo — ya no se siente como condena. Se siente como el espacio entre conversaciones honestas. Que es un tipo de soledad mucho más habitable.
Tu siguiente paso
Si este texto nombró algo real en soledad profunda y aislamiento, no necesitas otro artículo.
El diagnóstico te devuelve un color para este momento. El Oráculo te devuelve una escena concreta si todavía no quieres entrar al quiz.